lunes 1 de febrero de 2010

La cabeza y el pasado de la Escuela TIC 2.0

Aquí continúa el artículo que comencé en La cabeza de la escuela:

"Salvando los límites ficcionales y el detalle hiperbólico del relato, ¿acaso no es este un magnífico ejemplo de recurso innovador en la escuela a secas? Y otra pregunta retórica más: ¿no es una metáfora certera de lo que hoy es el producto estrella de las aulas tecnológicas de la información y comunicación (TIC): la PDI (pizarra digital interactiva)?

Treinta años después de aquella muestra de nuestro sistema educativo tradicional, que se ha ido transformando en sucesivas etapas (bachilleratos escalonados, curso preuniversitario, curso de orientación universitaria, educación general básica, bachillerato unificado polivalente, formación profesional de tres y cinco años, enseñanza primaria y secundaria, ciclos formativos de grado medio y superior, bachilleratos por especialidades...) y con diferentes edades de aplicación obligatoria (de los catorce a los dieciséis, y en el futuro próximo a los dieciocho...), se debe reconocer que hemos cambiado muchísimo, y para mejor, sin duda alguna. Si bien es obligado, asimismo, recordar que la mayoría de los que estamos, aquí y ahora, inmersos en las escuelas del siglo XXI, somos descendientes de aquella formación intelectual y profesional que nos ha impelido a actuar de manera acorde con los nuevos tiempos que corren, navegan y vuelan por las vías tecnológicas de la información y la comunicación y las autopistas de las enseñanzas y los aprendizajes. Esto demuestra que algo tuvo y ha tenido que funcionar en nuestros años mozos y posteriores para que se obrara el milagro de la metamorfosis hacia las sociedades del conocimiento.

Resulta ineludible asumir que los nuevos recursos y medios tecnológicos (los ordenadores, las pizarras digitales interactivas, Internet, las redes sociales, el blog, el wiki, las plataformas...) han de ser incorporados a la realidad de las aulas. Pero me parece un grave error perder la cabeza por el ansia de que esta exigencia se aplique de forma exclusiva y excluyente, enarbolando además una bandera calificada como la “verdadera escuela 2.0”, que se suele acompañar de cierto menosprecio hacia quienes se tienen que formar en estos menesteres porque aún no han hecho sus deberes, o contra quienes muestran sus dudas y reticencias porque ejercen su derecho a opinar desfavorablemente y a obrar en consecuencia.

La “verdadera escuela 2.0” empieza por su sustantivo capital, es decir, la palabra “escuela”, ese es el núcleo del sintagma y del universo docente: un lugar de encuentro de enseñanzas y aprendizajes donde habrían de estar concienciados de su relevancia todos los integrantes de la comunidad educativa y en el que debe ser tan importante el papel como la pantalla, la caja de lápices de colores como el teclado, el sacapuntas como el ratón, la biblioteca del aula y del centro como la Wikipedia, la conversación oral como el chat, el diario manuscrito e ilustrado como el weblog, el trompo con su guita roja como la videoconsola...

Para mí, la “auténtica escuela 2.0” empezó hace más de 25 años, cuando conocí a un veterano maestro que me invitó a asistir a una de sus clases, para que el cuerpo se me fuera haciendo al traje. Él era un gran aficionado a la papiroflexia (1), como don Miguel de Unamuno (2), y se presentó ante la chiquillería, callada y atónita, con unos alicates y una lata de leche condensada (vacía, sin la etiqueta, limpia y seca). Con esta herramienta y el material, junto a la destreza de sus dedos, más una idea nítida de lo que perseguía, este maestro, en diez minutos, convirtió el rectángulo de hojalata, que antes había sido el cuerpo de un cilindro, en una perfecta pajarita con todos sus dobleces, como si estuviera manufacturada con el dócil papel de los periódicos. El espectacular resultado vive en la tercera balda de la biblioteca de mi padre, haciendo guardia de atalaya ante las leídas obras completas de Stefan Zweig (3)."

Notas:
1. http://www.dibujosparapintar.com/manualidades_papiroflexia.html
2. http://migueldeunamuno.gipuzkoakultura.net/unamuno_pajaritas_papel.php
3. http://es.wikipedia.org/wiki/Stefan_Zweig

miércoles 13 de enero de 2010

Las llaves, la fianza, la canción y la cama

No se baja del coche porque anda con prisa y a la greña. Tiene un móvil entre las piernas y otro en el bolsillo de la pechera de una camisa oscura que me recuerda una etiqueta de vino caro.
—Dentro de dos horas salgo para París —dice como si tuviera que ser para mí una señal de sumisión—. Me voy con el niño y la mujer y cuatro maletas putas que pesan lo tuyo y lo mío —se ríe.
Además suda y no deja de mirar por los espejos retrovisores, a la izquierda y al frente. Una furgoneta de reparto acaba de doblar la esquina.
—Las llaves. Las llaves. ¿Cuáles son las llaves?
Rebusca en la guantera, donde se almacenan papeles doblados y arrugados, cargadores de móviles y varios manojos de llaves.
—Estas son, joder. Y esta es la del portal; esta, del buzón —un pitido estridente lo interrumpe—. Coño, pasa, si cabes perfectamente. Esta, la de la puerta de la casa, blindada, de las buenas, como todo lo que hay allí; y esta es la de la azotea.
—Muy bien. Muchas gracias.
—De nada. Venga. Y no te preocupes por la fianza. Ya me ha dicho Amadeo que eres de los buenos. Y si lo dice mi hermano no hay más que hablar. Total, si tú me fallas, él me paga lo que tú me dejes de roncha y sanseacabó.
—No será así. Muchas gracias, Alfredo.
—De nada, hombre. Échale un vistazo a todo el piso, otra vez, por si algo no está como debe, o a tu gusto. Tú me llamas, me lo dices y se arregla y santas pascuas, pero cuando vuelva de París, eh, después del puente. Que si el fontanero, el cristalero o la madre que los parió. Me lo dices y ya está. O tú mismo te encargas y me pasas la factura, como tú quieras. Venga, lo dicho.
—Gracias, de verdad.
—Venga, nada, nada.
[...]
—Menuda mujer de cuatro ruedas monta su amigo, eh.
—Perdón. ¿Cómo dice?
—Que menuda mujer monta su amigo, el mercedazo que lleva el tío canijo, el tío guaperas ese.
—Sí, sí. Todo un coche. Es cierto. Pero…
—Usted también tiene otro igual.
—No, yo no tengo coche.
Como yo. Estamos igual. Estamos igualitos. La vida sigue igual.
Se fue empujando el carrito de supermercado lleno de plásticos y cartones, su ropa de cama de esa noche, y tarareando la canción, mientras el profesor se fijaba en que el verde ceniciento de la espalda de su abrigo tazado preconizaba el vareo de las olivas.

domingo 10 de enero de 2010

Don Alfredo y el nuevo inquilino

El propietario del apartamento le habló con mucha franqueza y cordialidad, a veces con voz impostora, que él detectó en todo momento, salpicando con vulgares expresiones sus explicaciones sobre las excelencias del salón, la cocina, el cuarto de baño grande, el vestidor y el dormitorio. El nuevo inquilino se sintió incómodo, porque la gente que se mostraba con ese tipo de confianza, basada en que hay negocio a la vista, le repelía y tuvo que aguantarse las ganas que le entraron de dejarlo con la palabra en la boca, de espetarle que no se esforzara más en venderle aquel bohío como si fuera un palacete, que se lo quedaba sin más, que no le importaba que el termo, sobre el falso techo del aseo, goteara, porque no hay Dios ni fontanero conocido que lo termine de arreglar, a no ser que se cambie por otro y no está la cosa para ir tirando un termo casi nuevo, y de la mejor calidad, oye, de marca, por las gotitas del coronel, por eso mismo, acaso tú vas a tirar tu picha a la basura porque, después de cada meada, a esa condenada se le escapan las escurriduras de siempre, pues no. Mientras seguía disertando, el propietario abrió puertas de armarios y cajones (vaya, aún quedan cosas de la Francesa aquí), descorrió cortinas, levantó persianas y alabó la grandeza del sol que todo lo inunda y él simuló mantener la atención continua en cuantas indicaciones le llegaban de rebote desde los espejos, cuántos, ¿no?, aunque, en realidad, estaba contando los rincones, tanto en el suelo como en el techo, donde pensaba plantar sus pensamientos. El piso no tenía ventanas, solo dos balcones, uno en el salón y otro en el dormitorio, que abrían su vacío a un patio interior donde la naturaleza se concentraba en tiestos de barro perfectamente alineados y una bicicleta de montaña, sin ruedas, enmohecía bajo una antena parabólica. Una alarma de reloj digital estuvo sonando desde que empezó la visita.

jueves 7 de enero de 2010

Tarjeta cero cero uno

En el haz de la tarjeta, a pesar de las burdas tachaduras con formas de equis mayúsculas, se conseguía leer en tres renglones "Alfredo Navarro de la Villa Licenciado en Económicas Inmobiliaria & Constructora S.L.", más dirección postal, números de teléfono fijo y móvil y correo electrónico. En el envés, con letra diminuta pero precisa y diáfana, repartido en dos párrafos,

001: Desde luego bien sé que otros se han interesado ya por estos temas [, la soledad, la apatía, el aislamiento, el rechazo, la violencia]. Pero yo he reunido todo el material que he podido [a través de mis recuerdos], le he puesto [el orden que he creído conveniente y] el vestido de un lenguaje sin pretensiones y estoy convencido de que mi trabajo [, porque para mí ha producido efectos de magna consideración,] es un tesoro nada desdeñable.

Esta declaración es casi una cita textual (lo que va entre corchetes son mis propias incisiones) del prólogo de Historia de los animales de Claudio Eliano."

La tarjeta, con su parte trasera de cara a la calle, se adhirió en la puerta de cristales del bar que regentan Amparito y Reyes, el Don Pepito, pero fue sepultada al poco tiempo por otros mensajes que ofrecían pisos en alquiler y venta, servicios domésticos, clases particulares y uno más que notificaba la pérdida de un fox terrier, que atendía por el nombre de Perla, y el deseo de recuperarlo mediante una generosa gratificación. Nunca llegó a ser leída la tarjeta y terminó en el contenedor azul, como los demás papeles, cuando a Amparito, enfadada con Reyes, se le cruzaron los cables y se puso a limpiar y a ordenar todo para darse el tiempo necesario de digerir la falta de entusiasmo carnal de su compañera durante los últimos meses.

Antes de que se produjera la labor de limpia, para que pudiera entrar la luz que cambiara las cosas, nadie reparó en ese detalle de la puerta, salvo Christine Cerise. Ella entendió que su casero aprovechaba cualquier oportunidad para que el negocio no decayera. Al entrar en el bar, se fijó en el folio fotocopiado de Navarro de la Villa que aún ofrecía en arrendamiento su propio piso con todas sus comodidades, junto a otras ofertas de difícil rechazo. Y luego, cuando se sentó para desayunar, comprobó que, detrás del chapucero cartel publicitario, aunque ahora desde el interior del establecimiento, se volvía a insistir en el nombre de la empresa y su dueño con una simple tarjeta de visita, cuyos caracteres habían sido deturpados por una mano vengadora e inútil.

martes 5 de enero de 2010

Desde la torre (de Francisco de Quevedo)

49 (JMB) / 131 (ELR)

DESDE LA TORRE

SONETO

Retirado en la paz de estos desiertos,
con pocos, pero doctos libros juntos,
vivo en conversación con los difuntos
y escucho con mis ojos a los muertos.

Si no siempre entendidos, siempre abiertos,
o enmiendan, o fecundan mis asuntos;
y en músicos callados contrapuntos
al sueño de la vida hablan despiertos.

Las grandes almas que la muerte ausenta,
de injurias de los años, vengadora,
libra, ¡oh gran don Josef!, docta la emprenta.

En fuga irrevocable huye la hora;
pero aquélla el mejor cálculo cuenta
que en la lección y estudios nos mejora.

Obras de referencia:

1) Poemas escogidos, Francisco de Quevedo; edición, introducción y notas de José Manuel Blecua; Clásicos Castalia, Madrid, 1989.
2) Poesía lírica del Siglo de Oro; edición de Elias L. Rivers; Cátedra, Madrid, 1979.

Notas a pie de página: JMB: Añade González de Salas: “Algunos años antes de su prisión última me envió este excelente soneto desde la Torre”. / ELR: Torre de San Juan, finca de Quevedo.

lunes 4 de enero de 2010

Unamar

donde el silencio anida insuperable,
donde la luz se yergue victoriosa,

vive Unamar
solo un instante

Unamar

Unamar

no sabe de relojes
porque Ella es el sol
ceñido al horizonte

domingo 3 de enero de 2010

Examen de literatura

—Buenas tardes, Eugenio. ¿Estamos de rebajas?
Sobre sus seis maletas, que por su aspecto jamás emprenderían un nuevo viaje, dispuso la lata de galletas para las monedas y su ristra de novedades: cuatro mapas y dos guías turísticas de la ciudad, un llavero de vestíbulo con la efigie de fray Leopoldo y un termómetro y algunos volúmenes muy ajados de la colección Austral, naranjas, azules, verdes y amarillos. No me contestó, así que me detuve a recordar cómo se interpretaba el código de colores. Era temático. Cuando me decidí a recuperar los datos, echando mano al primero de los ejemplares, uno con las esquinas erizadas, Eugenio Florencio me frenó al depositar sobre mi hombro una mano firme. Se encontraba pulcro, sobrio y lúcido de solemnidad.
—Ea, vate, examen de literatura.
—¿A estas horas? ¿Así, de sopetón?
—De soponcio. Pero no tema, que sale airoso.
Para ganar tiempo y confianza, lo miré con sutileza, mientras él me sonreía después de la sonoridad del nuevo apelativo con que me había recibido.
—No me fío de usted.
—Y hace bien, muy requetebién. Quien pone el examen siempre juega con ventaja, porque ya conoce las respuestas. Solo pregunta lo que sabe. Y no se atreve a ir más allá. Por tal razón, los sistemas educativos se estancan y, por tanto, fracasan, dado que nada hay más contrario a las leyes generales del progreso humano que el inmovilismo reiterado.
Como estas vehementes afirmaciones y verdades de samperogrullo y de santapendencia habrían desembocado en una intrincada pugna dialéctica, y como la intriga de ver por dónde encaminaba sus pasos me había encendido la curiosidad, decidí asentir, mecánica pero educadamente, para retomar el hilo de su última intervención interrumpida.
—No me fío ni un pelo de usted, de un profesional de la docencia, si es cierto cuanto me ha contado de su pasado, porque a ver de qué, si no de qué, que no se sabe por qué, ni cómo, ni cuándo, ni dónde dejó de ejercer lo suyo, lo de toda la vida. Imagínese médico así aquí y ahora. ¿Quién se pondría en sus manos?
—No me sea melindroso, ni saltimbanqui, ni perorate tanto que se le va a salir la campanilla, y ajústese el fajín, que va la primera y única pregunta.
—Si no hay más remedio.
—Se trata del título de una novela.
—Bien, eliminamos tres géneros de golpe y porrazo, fácil.
—Fue escrita a mediados del diecinueve, veinte años antes que la primera de don Benito.
—Entre el romanticismo y el realismo, ¿no?
—Eso depende del lugar, señor suyo. Como siempre, la geografía es la hermana gorda y redonda que le ajusta el corpiño a la sutil y etérea literatura, hasta que le corta la respiración, por envidia.
—Hombre, no se ponga tan dramático.
—A lo que vamos. La persona que la escribió era muy religiosa, excesivamente religiosa, y vidente, y espiritista.
—Vaya. ¿Se le apareció la virgen de los pastores y terminó colocándose en un tenderete de feria?
—Ni caso. Y tenía un marcado espíritu social. Quiero decir que invocaba, y sí con cierta beligerancia a veces, los principios de la igualdad, la fraternidad y la legalidad.
—Esto se pone interesante. Sí. Era mujer y no era española, ¿cierto?
—Y también se preocupó de reflejar las distintas formas de expresión de sus personajes, altos y bajos, ricos y pobres, libres y esclavos.
—Ya, eso que se conoce como variedades, ¿no?, los niveles, los registros y las modalidades. O sea, que la novela es realista.
—¿Ya sabe de quién y de qué se trata?
—No, pero supongo que de alguna francesa olvidada por los libros de texto.
—¿Por qué una mujer?
—No estoy seguro, pero es que ha salido a la luz mucho femenino.
—¿Y por qué francesa?
—Por el contenido revolucionario.
—¿Y por qué olvidada?
—Porque los libros de texto demuestran que la gloria es coyuntural, efímera, y que el tiempo termina poniendo a cada uno en su sitio, en el que le corresponde. Y porque seguramente usted ha preparado toda esta función para trincarme en pelota picada.
—No se pierda, docente. También el tiempo comete injusticias de seis con nueve en la escala esa de los sismos. Fíjese, la única mujer francesa que merece ser recordada hasta el final de los tiempos venideros, y no creo que aparezca alguna vez en uno de esos dichosos manuales escolares, es Christine Cerise, y lo sería por sus piernas, por su sonrisa, por sus pechos, por su cuello, por su cara bonita, por su pelo. Con tales efectos, su talento natural y espontáneo se erige sobre un perfecto pedestal.
—Ahora el que se pierde es usted.
—Tuvo mala suerte, perdió a dos de sus hijos.
—Eso sí que debe de doler de verdad. ¿Habla de la novelista?
—Pues sí. Recorrió Europa. Novelista, a secas, sin artículo.
—¿Reconocida y aclamada?
—Esta persona era considerada uno de los cimientos de la nación, pero terminó muriéndose depresiva y ausente.
—¿Escribió otras obras que no obtuvieron demasiado éxito?
—Incluso una continuación de la novela motivo de este examen cuyo nombre casi nadie conoce. Es más, pensé por un momento que este título era el que debería ser la respuesta del examen, pero no se lo quería poner tan difícil.
—Hombre compasivo, gracias.
—Bueno, eso es una zarandaja. Y la solución es...
—Déjeme pensar, ordenar ideas, descartar opciones.
—Se le acaba el tiempo que me pertenece.
—No atosigue, que a estas horas uno ya está solo para ver telecomedias y acostarse con el último himno.
—Ya no hay cierres de emisión y, por tanto, tampoco bajada de bandera, ni chinta chinta. Así que arda.
—Sabe qué le digo. No me extraña que sedujera a Chistine Cerise.