En relación con una entrada de D. Julio sobre un comentario de José Saramago, que cuestionaba de forma negativa la calidad literaria de la mayoría de los cuadernos de bitácora, a cuenta de la publicación de sus inserciones escogidas en su propio blog, he de decir, aunque ni siquiera sea él quien así se pronuncia, que no le falta su cuota de razón. La mayor parte de lo que se lee entre estas coordenadas espacio-temporales son las anotaciones propias de un diario personal con escaso propósito de alcanzar fundamentos que rayen la literariedad y la poeticidad. Me refiero a tantísimas entradas, algunas con su gracia y sus pinceladas estéticas, que hablan de lo personal, lo familiar, lo cotidiano de la actualidad, lo posible desde la crítica constructiva, lo imposible desde la herética utopía...
Son contadas las ocasiones, si las comparamos con las anteriores, en que algún autor se sumerge en las simas oceánicas del relato, de la lírica, de la dramaturgia o del ensayo reflexivo, contrastado y con argumentos sólidos. Y esto creo que es así por dos razones principales: la primera, porque la vigencia de una entrada es efímera, de acuerdo con el espíritu urgente que la conformó, pues el medio no es otro que este y determina el mensaje (lo de McLuhan o lo de las peras y el olmo); y la segunda, porque un blog lo abre cualquiera. Cualquiera piensa y escribe (es todo su derecho). Cualquiera opina y vierte su crítica (también). Cualquiera se ocupa de quien le interesa por hache y por be (igual, aunque empiezan a menudear las exageraciones de excelsitud y las hipotecas del compadreo). Cualquiera puede aspirar a que este ejercicio de escritura sea un campo de experimentación, un laboratorio de fórmulas (algunas ya muy manidas) o un trampolín hacia la fama. Pero cualquiera no es artista de la palabra porque su blogo alcance el top de los cuarenta mil principales, o porque una entrada tenga la chispa de la vida que dura lo que la burbuja traviesa del refresco.
No nos engañemos. En un blogo podemos hallar verdaderas joyas, cierto, frutas maduras caídas del árbol de la inspiración, del talento y del trabajo continuado con cierto orden, siempre que se seleccione con una certera objetividad y sin que nos dejemos llevar por la recíproca alabanza desde la cortesía y las buenas maneras que nunca han de perderse. Pero si queremos disfrutar la auténtica y mejor literatura, nos debemos ir a otro sitio, a otro oasis. Porque casi todos los que por aquí vagamos aspiramos a eso en sueños, a que nos encuentren en otro sitio, en el escaparate de una librería o en la contraportada de un periódico.