miércoles 6 de mayo de 2009

Control, censura, interés, libertad

Por razones de trabajo paralelo, he tenido que resolver una pregunta que mencionaba la obligación de las instituciones públicas de proteger a la audiencia infantil en relación con la telebasura. Antes del interrogante, se indicó que más de 300.000 niños y niñas andaluces siguen al menos una telenovela, donde se incluyen mensajes que podrían ser considerados como apología del sexismo y de la violencia ejercida contra la mujer ("Te juro que acabo contigo, Luisa Francisca -le dice Enrique Trinidad a su frágil esposa con los ojos bañados en sangre").

Mi respuesta ha sido la siguiente: "Debemos insistir en una idea anterior. Todo el marco legal vigente es adecuado y hay que exigirle a la Administración que lo cumpla y que lo haga cumplir. No obstante, la televisión es una fuente de ocio que se ubica en el hogar, en el entorno familiar, donde padres y madres deben velar, antes que nadie y nada, por la seguridad y el bienestar de sus hijos. La primera libertad del televidente es la de cambiar de canal, y la segunda, la de apagar el televisor."

Como con lo nuestro: la primera libertad del lector es la de cerrar el libro, o el blog, cuando le venga en gana; la segunda, que su majestad escoja.

4 comentarios:

Octavio dijo...

El problema es que los padres delegan en la tele la educación de sus hijos. Después pasa lo que pasa (véase Marta del CAstillo y sus amigos asesinos) y claro, nos lamentamos y la misma tele se rasga las vestiduras. Qué asco me da esto.
Un abrazo, don Rafael.
P.S: Vaya trabajos paralelos en los que se mete usted, querido amigo.

Rafael Lucena dijo...

Talmente, don Octavio. Y es que esto nos pasa a los que somos culillo de mal asiento.

Julio dijo...

La tele, achu...

Mery dijo...

Por estas y otras cosas, me acuerdo mucho de mi infancia televisiva, repleta de Estudio 1, El Conde de Montecristo, Pipi Calzaslargas, mutitud de series inglesas de exquisito gusto...

Tienes toditita la razón, amigo Rafa.

Un beso