miércoles 3 de junio de 2009

Nave Pollos

En mi centro, un instituto público de enseñanza secundaria de la periferia sevillana, a principios de curso se votó por mayoría en contra de la orden de calidad que propugnaba alcanzar unos resultados académicos concretos a cambio de un reconocimiento económico. Hasta aquí, lo normal, lo lógico, lo congruente, porque nuestra conserjería de educación a la que se le perdió la ciencia no se entera de qué va la cosa. Sin embargo, al término de las evaluaciones finales de 2º de bachillerato, este mismo primero de junio, se plantea que un porcentaje de alumnos debe conseguir matrícula de honor de nota media para que pueda disfrutar la gratuidad completa en su primer curso universitario. Como ninguno llega al 9, se establece que se sumen en los mejores expedientes, faltaría más, cuantos puntos hagan falta en las distintas asignaturas hasta completar la cifra requerida. La mayor parte del equipo educativo se involucra en el nuevo proceso y gracias a las concesiones y al arte matemático se consigue distinguir la flor y la nata del divino montón y del pasto para forraje.

Mientras duraron las cábalas, a mí me dio por pensar cuatro cosas: un pollo de kilo y medio se convierte en un pollo de dos kilos en tres minutos gracias a una inyección milagrosa (¿lo quiere para freír o guisar, asar o quizá para un suave escabeche?); o un pollo etiquetado como sedente y alimentado con pienso se comercia como campero y libre y nutrido con grano (¡es pollo, coño!, ¿quién lo va a notar?); o un hermoso pollo delicatessen hipercor sin oferta posible dada su extrema calidad se metamorfosea en suculento pavo cuyo moco y plumaje destilan garbo, elegancia y colorido sin igual (¡celebremos jayogüín y el día de acción de gracias juntos café para dos y un cigarrillo a medias!); o... la cuarta me la reservo, porque con tanta carne de ave se me va el santo rijoso al cielo a comprobar, per se, si es cierto que sí hay diferencias inguinales entre serafines y querubines.

Cuando aterrizo por fin, se recogen papeles, se cierran carpetas y tapas de portátiles y con la aureola del deber bien cumplido se van retirando y desapareciendo antes que el rumor de sus pasos. Para esto... ¿tanta dignidad profesional ante la calamitosa orden?

8 comentarios:

Julio dijo...

La dignidad, que nunca la perdamos, a pesar de los que mandan, Lucena.

Javier Sánchez Menéndez dijo...

Pero se pierde, se pierde.

Lo de los pollos me ha gustado, ciertamente.

Pero la pena es que no lo compartan los "técnicos".

Un abrazo.

Juan Antonio Glez. Romano dijo...

La diferencia estriba en que la orden nos pagaba por hacer lo mismo, lo cual añadía un punto intolerable de indignidad. Y no por hacer exactamente lo mismo. Lo que se hizo en tu centro (y en tantos IES) es premiar a los mejores (de no aprivechar ellos la gratuidad, ese dinero irá, me temo, a sufragar nuevos planes absurdos, en el mejor de los casos); lo que la orden de calidad pretendía era premiar a todos. Y claro, no es lo mismo el carmín que la gangrena...
Un abrazo, Rafa

Rafael Lucena dijo...

Admirado Juan Antonio: los mejores con reconocimiento público han de ser aquellos que por su trabajo y esfuerzo personales así lo demuestran, y no porque un grupo de docentes, a mi juicio indecentes, deciden regalar sobresalientes a diestro y siniestro para lavar la imagen del centro. A una de las laureadas le corregí catorce faltas de ortografía en su penúltimo ejercicio de comentario de textos.

Javier Sánchez Menéndez dijo...

Con una sola falta de ortografía, no daba yo a nadie, ni una puñetera beca, vamos, ni un pollo.

Octavio dijo...

Yo me pregunto: ¿por qué los centros privados no dejan nunca matrículas sin conceder?

Un abrazo.

Rafael Lucena dijo...

Don Octavio, la administración y, en concreto, el servicio de inspección debería velar por el estricto cumplimiento de la normativa vigente, sea público o privado concertado o privado de ráscate el bolsillo que yo te titulo a la criatura como sea. Todos iguales. ¡Eh, gobierno socialista! ¡Todos iguales!

Don Javier, la niña, como sabía que yo no había subido su nota, me dijo en el pasillo: ¿Sabes que tengo matrícula? Y respondí: Sé que te han dado matrícula.

Javier Sánchez Menéndez dijo...

Buena respuesta Rafael.