lunes, 15 de julio de 2013

El sueño y la aurora

Platón

Si algo pasa a la historia de nosotros...

Diógenes

Francamente, Platón,
como no voy a estar,
un rábano me importa
lo que diga el azar.

Mi nombre espero que olviden y si acaso se conserva,
que critiquen y demuestren que fue caballa y no melva,
por mi risa desdentada, lo que obtuve como pesca,
alumbrado por las musas, de la brava mar océana.

Platón

Diógenes, caro y bienquisto,
no me vendas lo estupendo,
que todos del mismo pie
cojeamos al respecto.

Con tanta lúbrica charla
de golpe se irguió el enhiesto.
Así que cojo tu alfombra
y volando como un cuervo,
animal de aviesos hábitos,
me voy al cálido encuentro
de la vieja Calcofonia,
que atiende todos mis ruegos,
perdidos los favoritos
en los surcos del pretérito.
Acompáñame y disfruta
el ajado terciopelo,
arrugado y desvaído
sobre un catre macilento.
Lleva tú el candil de aceite
y yo pondré los dineros.
Busca a mi mujer amante
y olvida los ceniceros.

Diógenes

Platón Amigo, esta noche
ya no me responde el cuerpo.
Vete solo y la cabeza
que brilla encuentre consuelo
donde un bruñido tesoro
hubo en los tiempos de Homero.

En lo poco que nos queda
hemos de hallar el remedio
contra el rigor del presente
que se escurre entre los dedos.

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