domingo, 24 de noviembre de 2013

IN MEMORIAM: D. MANUEL CASCAJO


IN MEMORIAM

De don Manuel Cascajo Taboada,
con Manolito y Eva a sus espaldas. 

Donde tanto reí
es donde tanto lloro
vuestra vida y la muerte
de todo aquello y lo otro.

          El cura guiri de vuestro pueblo terminó ayer su plática dando la razón suprema de la fe que representa: Cristo nos quiere y nos está esperando. Entre tanta gente y al pie de uno de los pilares de ese majestuoso espacio, donde el tiempo se sabe poderoso porque habrá de ser recordado por todos los presentes, aquellas palabras me llevaron a pensar en tu familia y en la mía, quienes aún están y a los que les debo la vida que disfruto, y en mi madre, y en Eva, y en Manolito, y en ti, quienes ya estáis por todas partes convertidos de nuevo en esencia del universo. Os quiero y sé que me estáis esperando, sin prisas, ¿verdad, Manuel?, más por ellos que por mí, para dar un paseo aéreo sobre los picos y las encinas, la plaza y la torre, los corazones que miran y los ojos que laten; a doña Lola le va a encantar. 

          Esta rana, en una etapa anterior, tuvo fotos de Aroche y lemas vitales en honor de mi gente serrana, y textos que reconocían el valor que para mí tanto tenían como siguen teniendo. Vuelvo a ellos para tenerlos a todos juntos. 

          En su día, por Evangelina, escribí: 

La débil luz de la tarde
se resiste a declinar
si antes de irse a otra parte
no me besa en tu lugar. 

          Y en el suyo, por Manolito: 

Recuerdas, ¿a que sí?, la mañana que entraste en el despacho pensando en la que te iba a caer encima por alguna trastada que habrías hecho y que en ese momento no ponías en pie. La orientadora te había dicho: El jefe de estudios quiere verte en su despacho durante el recreo. ¿Por qué? No lo sé, no me lo ha dicho, pero tú ve a verlo. Cuando sonó el timbre y salisteis al patio, obedeciste a pesar del trabajo que te costó renunciar a tu rato de semilibertad y de tener que afrontar una posible situación de riesgo contra ti. Yo hablaba por teléfono y te hice señas para que tomaras asiento. Mirabas a todas partes como si estuvieras buscando una salida por donde poder escapar en el caso de que las cosas se pusieran tiesas. Cuando colgué, te miré y te pregunté sin demasiada interrogación: Cómo te va. Bien, Rafael, bien, me respondiste a la defensiva. Adiviné tu preocupación y jugué un rato con ella para darle al momento un barniz de intriga. Cuando estabas a punto de confesarte autor de unos hechos, probablemente los últimos, de los que yo no tenía ni remota idea, te detuve y tranquilicé. Espera, hombre, espera. No me cuentes nada. Mira, tengo esto para ti. Le enseñé un sobre grande que había llegado esa misma mañana. Creíste que algo así nada podría contener de tu interés, pero lo que extraje de su interior te sorprendió. Estabas en primero y, por problemas de distribución de la editorial, aún no tenías en tu mochila el libro de texto de lengua. Cuando tu padre me contó el problema, le dije que no se preocupara, que el asunto se podía solucionar con cierta rapidez. Saliste del despacho contento por partida triple: te llevaste el libro que te faltaba, por esa vez te libraste de una segura y justa reprimenda y, además, disfrutaste de la mayor parte de tu recreo comiéndote el bocadillo entre tus compañeros de clase. 

Como sabes, ayer estuve en el pueblo para acompañar a tus padres y a tus hermanas en el trance más amargo de sus vidas. 

Un domingo, como el de ayer, luminoso y espléndido a pesar del frío, estaba en la plaza con tu padre, Evangelina y mis amigos Manolo y Marga, en Las Peñas. Tomábamos una cerveza antes de irnos a comer. Disfrutaba, como siempre y nunca, de la compañía de mis maestros arochenos (la extraordinaria y sencilla bondad de tu padre y el infinito cariño que me profesaba, y sé que aún se mantiene vivo, mi singular Eva), mientras charlábamos del pasado común en torno al instituto y de fincas en venta con arbolado y acometidas de agua y luz. Entonces te vieron llegar, pero yo no. Alguien se sumaba a la reunión, callado y seguro de lo que pensaba hacer. Alguien me abrazó por detrás y me cubrió las gafas y tapó mis ojos con sus manos. Cuando me liberaste del férreo y cálido achuchón, me levanté y de inmediato reconocí al zagal que había sido mi alumno en un muchacho que había crecido y ensanchado tanto que daba pie a pensar en un hombre que tendría toda una vida por delante. 

Pocos años más tarde, tengo la necesidad de escribir esto para aceptar lo inexplicable del dolor inmenso de ahora que sentimos todos, pero más que nadie los tuyos de sangre, al hacer presente tu breve vida y los instantes eternos que se vivieron en la monumental iglesia. Bajaste los brazos y me sonreíste con la profundidad del afecto sincero. Habías jugado conmigo de la misma manera que yo hice antaño. En ese momento fui yo quien te abrazó y besó para corresponderte en idéntica medida. Era alegría por encontrarte y reconocerte como el hijo pequeño de tu padre, con el orgullo de poder contarme entre sus compañeros y amigos, con quien he compartido tanto, y como una persona ya mayor que por sí sola, sin sentirse obligada, me demostraba lo que sentía abiertamente. 

Así, ¿cómo no iba a sentirme en vuestro pueblo como si fuera mi propia casa?; así, ¿cómo no iba a consideraros como integrantes de mi auténtica familia?; así, ¿cómo no voy a llorar tu pérdida como sigo llorando la de Eva?; así, ¿cómo voy a olvidar lo que me dijo tu padre el día que nos despedimos de ella, aquella tarde lluviosa y de luz filtrada, hermosa como ninguna, al anochecer de un día tan triste como detenido, hace ocho meses? 

Que yo aún sigo aquí, me dijo tu padre el día que enterramos a Evangelina. Nada hubo más cierto junto a nuestras lágrimas compartidas. Tu padre sigue ahí y aquí, como tu madre y toda tu familia y todo el pueblo, que fue a despedirse de ti y a reconocerles su pésame dolorido a quienes jamás dejaron de quererte durante veintidós años, ni dejarán de hacerlo mientras vivan, ni siquiera después. Pero no hay alivio para lo que no tiene remedio si es de esta magnitud. Solo queda una salida: aprender a quererte en la ausencia, poco a poco, día tras día, aunque sea insuficiente, ¿verdad, Evangelina?, donde la soledad impera. 

Muy pronto iré de nuevo a mi pueblo, otra vez. Allí hay gente a la que quiero. 

          Y por mi madre (ahora que la conoces, era guapa, ¿verdad, Manuel?): 

4 de octubre de 2008 

Otra vez una muerte
se nos lleva otro cuerpo,
desde el lecho caliente
hasta el vacío intenso
de quien queda presente. 

Y otra vez a la muerte
se le olvida el recuerdo
de regaños indemnes,
de cariños certeros,
de miradas recientes,
tirado por los suelos,
colgado en las paredes
y hecho humo en los techos.
 
          Querido Manuel: como sabes, acompañado de los nuestros (Manolo Jiménez, Mariángeles, Rafa Téllez y Floren), ayer abracé y besé a tus hijas y a Rafi; apenas pudimos hacer algo por mitigar su dolor, pero lloramos juntos y te recordamos. Por supuesto, como te habría gustado, brindamos por ti y nos reímos contigo al cuento de las cosas que nos ocurrieron. Hasta siempre, compañero y amigo.

sábado, 23 de noviembre de 2013

Metamorfosis indecente



Siempre que veo esta imagen a través de las redes sociales siento una honda desazón. Repetida y vuelta a repetir hasta la saciedad y comentada y recomentada por conspicuos integrantes de la comunidad educativa, se ha convertido en una bandera que pretende ondear sobre los yermos páramos de la desigualdad y regarlos con la exigencia del necesario cambio metodológico. Y siempre llego a la misma conclusión: hay mucho talibán con ínfulas psicopedagógicas, con título y sin él, que campa por sus respetos creyéndose bastión de la modernidad docente, cuando no es más que una sombra sin cuerpo.

Jamás he trabajado en un aula donde coincidieran a la vez un pájaro, un mono, un pingüino, un elefante, un pez, una foca y un lobo. Ni conozco a nadie de la profesión que haya tenido que medir sus fuerzas con semejante galimatías zoomórfico. Luego la viñeta es una rotunda falacia y quien la evangeliza un mentecato.

Siempre he trabajado en aulas cuyos ocupantes eran todos pájaros, o todos monos, o todos pingüinos, etc. Eso sí, cada uno de su padre y de su madre y con el derecho a ser enseñado y la obligación de aprender de acuerdo con sus capacidades. Sin entrar en disquisiciones, ese pérfido texto, icónico y verbal a un tiempo, sigue expandiendo la vieja idea de que el profesorado ha trabajado y sigue trabajando poco y mal. Pero lo más increíble de este desgraciado asunto es que haya muchos quienes que se lo creen a pies juntillas, incluidos muchos de los nuestros.